!2 de Diciembre Nuestra Señora de Guadalupe

Palabras de la Virgen a san Juan Diego

¿Qué pasa, el más pequeño de mis hijos? Oye y pon bien en tu corazón, hijo mío el más pequeño: nada te asuste, nada te aflija, tampoco se altere tu corazón, tu rostro; no temas ninguna otra enfermedad o algo molesto, angustioso o doliente.

¿No estoy aquí yo, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en donde se cruzan mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?

De la Virgen Madre, en Guadalupe, a san Juan Diego «Juanito, Juan Dieguito.»

«Oye, hijo mío, Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?»

«Sabe y ten por seguro mi hijo mío el más pequeño, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios, Aquel por Quien Vivimos, de El Creador de personas, de El Dueño de lo que está Cerca y Junto, del Cielo y de la Tierra.»

«Quiero mucho y deseo vivamente que en este lugar me levanten mi templo. En donde Lo mostraré, Lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto: Lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en la salvación.

«Porque yo soy vuestra Madre misericordiosa, de ti, y de todos los hombres que viven unidos en esta tierra, y de todas las personas que me amen, los que me hablen, los que me busquen y los que en mí tienen confianza. Allí les escucharé sus lloros, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores.

«Y para que pueda hacerse lo que pretende mi compasiva mirada misericordio­sa, ve a la casa del obispo en México, y le dirás cómo yo te mando como mi mensajero, para que le hagas presente cómo yo deseo mucho que aquí me haga una casa, que levante mi templo en lo plano. Le contarás bien todo lo que has visto y admirado y lo que has oído.

«Ten por seguro que lo agradeceré mucho y lo pagaré, que por ello te he de hacer dichoso, te glorificaré y mucho merecerás que yo recompense tu fatiga y tu trabajo, con que vas a poner por obra lo que te encomiendo. Ya has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño; anda, haz lo que esté de tu parte».

 9-XII-1531(por la tarde a la puesta del sol)

– «Oye, hijo mío el más pequeño, ten por cierto que son muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad. Pero es muy necesario que tú personalmente vayas y hables de esto, y que precisa­mente por tu mano se cumpla mi voluntad.

– «Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño y con toda energía te mando que precisamente vayas otra vez mañana a ver al Obispo. Y en mi parte hazle saber, hazle oír bien mi voluntad, para que haga mi casa que le pido. Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen María, la Madre de Dios, te envía.»

 10-XII-1531(por la tarde a la puesta del sol)
– «Bien está, hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido. Con eso te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará.
«Y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has hecho; ahora vete que mañana aquí te espero.»

 12-XII-1531(en la madrugada entre las cinco y las seis

– «¿Qué pasa, el más pequeño de mis hijos? ¿A dónde vas, a dónde te diriges?».
– «Oye y pon bien en tu corazón, hijo mío el más pequeño: nada te asuste, nada te aflija, tampoco se altere tu corazón, tu rostro; no temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad o algo molesto, angustioso o doliente.»
«¿No estoy aquí yo, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en donde se cruzan mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?
«Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe; que no te preocupe con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por seguro que ya sanó.»
«Sube hijo mío el más pequeño, a la cumbre del cerro, a donde me viste y te di órdenes. Allí verás que haya variadas flores: córtalas, reúnelas, ponlas todas júntalas. Luego baja aquí; tráelas aquí, delante de mí.»

– «Hijo mío el menor, estas diferentes flores son la prueba, la señal que llevarás al Obispo; de mi parte le dirás que vea en ellas lo que quiero, y que con esto se realice mi voluntad y mi deseo. Y tú… tú eres mi mensajero, en ti pongo toda mi confianza. Y con toda energía te mando que solamente en presencia del Obispo abras tu ayate y le enseñes lo que llevas.

Le contarás bien todo, le dirás que te mandé que subieras a la cumbre del cerrito a cortar flores, y todo lo que viste y admiraste, para que puedas convencer al gobernante sacerdote, para que luego ponga todo lo que está de su parte para que se haga, se levante mi templo que le he pedido».

Palabras de san Juan Diego a la Virgen

9-XII-1531 entre cuatro y cinco de la madrugada:  
– «Señora y niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlaltilolco, a seguir las cosas de Dios que nos dan, que nos enseñan quienes son imagen de nuestro Señor: nuestros sacerdotes.»
– «Señora mía, niña mía: ya me voy para cumplir tu mandato; ahora me separo de ti, yo, tu pobre indito.»

9-XII-1531 (por la tarde a la puesta del sol)   
– «Patroncita, Señora, Niña mía, ya fui a donde me enviaste a decir tu pensamiento y tu palabra. Aunque con gran dificultad entré a donde es el lugar del Señor de los sacerdotes, lo ví, ante él expresé tu pensamiento y tu palabra, tal como tú me lo mandaste. Me recibió amablemente y me oyó con atención, pero, por lo que me respondió, como que no lo entendió y no lo creyó.

Me dijo: tendrás que venir otra vez, otra vez te oiré con calma desde el principio y consideraré la razón por la que has venido, tu voluntad y tu deseo. Comprendí perfectamente por la manera como me respondió, que es quizá invención mía que tu casa que quieres que te hagan aquí yo nada más lo invento, o que tal vez no es orden tuya.
«Por lo cual, mucho te suplico, Dueña mía, Reina y Niña mía, que a alguno de los nobles, estimados, que sea conocido, estimado y respetado, le encargues que lleve tu mensaje para que la crean.

Porque yo soy un campesino, soy mecapal, soy parihuela, soy cola, soy ala; yo mismo necesito ser llevado a cuestas. Hija mía, niña mía, Señora mía, me mandas a un lugar donde no ando y no paro. Perdóname que te cause gran pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía.»
«Dueña mía, Señora, Niña mía, no te cause yo aflicción. Con gusto iré a cumplir tu mandato, de ninguna manera lo dejaré de hacer, ni me será penoso el camino. Iré a hacer tu voluntad, aunque tal vez no seré oído, y si me oye, quizá no me crea. Mañana en la tarde cuando se esté metiendo el sol vendré a dar razón de tu mensaje con lo que me responda el Señor de los sacerdotes. Ya me despido de ti, hija mía la más pequeña, mi Niña y Señora. Ahora descansa otro poquito.»

12-XII-1531 (en la madrugada entre las cinco y las seis)  
– «Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, ojalá estés contenta, ¿cómo amaneciste? ¿Estás bien de salud Señora y Niña mía?

Con pena angustiaré tu rostro, tu corazón: te hago saber, Niña mía, que está en las últimas un servidor tuyo, tío mío. Una gran enfermedad se ha asentado, seguro va a morir de ella. Y ahora voy de prisa a tu casa en México, a llamar a uno de los amados de Nuestro Señor, de nuestros sacerdotes, para que vaya a confesarlo y disponerlo.

¡Por cierto que para eso hemos nacido: para esperar el deber de nuestra muerte! Pero si voy a hacer esto, al momento volveré otra vez acá, regresaré para llevar tu palabra y pensa­miento.  Ama y Niña mía, te ruego me perdones, tenme todavía un poco de paciencia, porque con ello no te engaño, Hija mía, la más pequeña. Mañana sin falta vendré a toda prisa.»

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